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Delincuencia, pobreza y marginalidad

Hace unos días que vengo leyendo sobre el caso de Jorge Adolfo Ríos, el jubilado que mató a uno de los delincuentes que intentaron asaltarlo en su domicilio y que hoy permanece detenido, acusado de homicidio agravado por el uso de arma de fuego.

motochorrosMuchos dirán, sobre todo los apologistas del pobrismo, que el delincuente es víctima de su condición social; víctima de un sistema económico perverso y deshumanizado, que lo empuja irremediablemente a delinquir, a buscar formas ilícitas de sustento para ganarle pie a una vida llena de infortunios.

Sin embargo, si vemos la situación de millones de personas inmersas en situaciones socialmente similares, pero que optan por el trabajo y el sacrificio diarios para asegurar su sustento y el de sus familias, debemos concluir que el delincuente es y será víctima de sus propias decisiones y no de un sistema, que más allá de privarlo de oportunidades, le brinda las herramientas necesarias para acabar con esa genética social de pobreza y marginalidad.  Por lo tanto, el delincuente es el resultado único e invariable de sus propias decisiones, nada más ni nada menos que el resultado de lo que ha decidido ser.

No obstante, debemos preguntarnos, si la pobreza y marginalidad en la que vive es una excusa legítima, plausible, producto de una marcada asimetría en lo que hace a la distribución de la riqueza o es el producto de una subcultura, que ve el delito como algo socialmente aceptable y la propiedad privada como un bien colectivo, susceptible de reclamar o de arrebatar por la fuerza si es necesario. Esta percepción errónea de la realidad, adquiere cada vez más entidad debido a la laxitud de una justicia ineficiente y corrupta, que empodera cada vez más a la delincuencia.

El empeño en distanciarse de un modelo de sociedad, en el cual no se ve reflejado en términos de valores éticos y culturales, hace al delincuente incapaz de adaptarse a dicho modelo, irrespetando sus normas, haciendo de la delincuencia un modo de vida fácil, propiciado por el también fácil acceso a las drogas. Laura Echarren, socióloga argentina, experta en narcotráfico y crimen organizado, asegura que “el narcotráfico es lo más federal que tiene la Argentina”. En efecto, el narcomenudeo se ha instalado en todos los rincones de nuestra sociedad con una velocidad asombrosa en estas dos últimas décadas, aumentando los índices de criminalidad en el país; asesinatos, asaltos, secuestros, robos, etc.

Según fuentes oficiales, en la Ciudad de Buenos Aires, durante el 2019, se registraron un total de 100 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes.  En el 2018, el promedio de homicidios en la Argentina fue de 5.3 cada 100 mil habitantes, es decir, 2.362 víctimas por homicidio doloso. En el 2014, la tasa de homicidios tuvo su pico más alto de la última década, con 7,6 muertes por cada 100 mil habitantes, es decir, 3.228 homicidios dolosos. En Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC), dependiente del Ministerio de Seguridad, señala además, que la tasa de homicidios dolosos cada 100 mil habitantes en el país disminuyó progresivamente un 30,3% entre el 2014 y 2018.

Un estudio llevado a cabo por la asociación civil Unidos por la Justicia, reveló que el 40,43% de los menores que comenten delitos tiene 17 años, mientras que el 25,43% tiene 16. Los menores comprendidos entre los 14 y los 15 años, representan el 25% del total y los chicos de entre 8 y 13 años suman el 9,14%. En tanto el 58% de los delitos que se comenten en la Argentina, corresponde a mayores de 18 años. Cabe destacar, asimismo, que la incidencia de menores en el delito no es tan grande como se piensa. Las estadísticas demuestran que solo el 1% de los delitos graves que se comenten en la Argentina corresponde a menores de edad. Este porcentaje se reduce aún más si nos situamos en la franja etaria de 14 a 15 años de edad.